Terminal de Valera: donde se funden los abrazos y se dejan sueños atrás

Imagen cortesía Diario El Tiempo
Fernando Ramírez E/CS
El sol comienza a ocultarse, los motores de los autobuses más grandes empiezan a sonar, inicia el desfile de personas con maletas que sus familiares y amigos ayudan a cargar. Así inicia una noche llena de despedidas en el terminal de Valera.

El corre corre comienza pasadas las 7:00 pm, acto que parece común ya que en años anteriores desde esa hora salían los autobuses a los diferentes estados del país, esta vez la diferencia es que ya no abundan las unidades de transporte ni los trabajadores que gritaban “Caracas”, “Barquisimeto”,“Maracaibo”.

Ahora solo hay un puñado de buses y los más buscados son los que van a un mismo destino: San Cristóbal. Táchira, por su cercanía a Colombia, es el estado más buscado por los venezolanos que desde tierras cafeteras buscan partir a otros países o buscar suerte en el país vecino.

El terminal de Valera se ha convertido en el sitio de despedidas de los trujillanos ya que el aeropuerto de Carvajal lleva ya un buen tiempo sin funcionar.

Cada pasajero llega a su forma, unos caminan con calma y otros llegan con esperanza de conseguir un pasaje para embarcar su viaje a última hora. La mayoría vienen acompañados, y en lo que sí se asemejan todos es en el tamaño de sus maletas que deja en evidencia que no irán una semana de vacaciones.

Son pocas las caras arrugadas que esperan para marcharse, muchos son los rostros jóvenes que con una mirada tímida reposan sobre sus maletas a la espera del bus.


Según un estudio de la USB en el año 2016, el 88% de los chamos venezolanos quieren irse de Venezuela.

El terminal es oscuro, la poca luz que hay es intermitente y hace una combinación perfecta para el ambiente tenso que se respira en el lugar. Muchos son los susurros, las miradas fijas y los abrazos que poco a poco se van incrementando al pasar los minutos.

“Feliz viaje”, “escribe cuando puedas” y hasta un “si llegas y no te gusta, que no te de pena, no dudes en regresarte” son las cosas que dicen los acompañantes. El próximo emigrante responde asentando la cabeza.

El momento llegó. El autobús se acomodó y abrió sus puertas, uno a uno los pasajeros son recibidos por un policía que, antes de que guarden las maletas, las revisa con su teléfono, que hace las veces de linterna. Si la luz del teléfono se apaga, el oficial interrumpe el proceso para volverla a encender.

Maletas dentro ya no queda otra que decir adiós a los familiares y amigos que los acompañaron. En este momento los abrazos son más fuertes, los susurros pasan a ser llantos y un suspiro puede convertirse en el último aire que respiran en la ciudad que los vio crecer.

Los sueños también quedan atrás, como es en el caso de Andrés Ramírez, quien quería estudiar medicina, pero el costo de la carrera y decisiones familiares, le cambiaron el rumbo hacia Perú.

Andrés se va acompañado de su mamá, el papá le toca despedirlos, él se queda. Se queda solo. Ninguno sabe cuándo se volverán a encontrar.

No solos los que se van se llevan un vacío por dentro y deben hacer una nueva vida, también los que se quedan deben reacomodar su vida, como es en el caso de este padre que ahora debe estar solo sin la familia que lo recibía en su casa cada noche durante 20 años.

Ahí estaba él, clavado en el terminal, con una sonrisa intentaba maquillar lo que sentía, pero al hablar su voz lo traicionaba. Ni dos cervezas pudieron quitar el trago amargo que sentía en ese momento al ver que su esposa e hijo partían del país. El último adiós se lo guardó, le dio la espalda al bus.

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